sábado, 12 de octubre de 2013

T. S. Eliot





Little Gidding

V

Lo que llamamos el comienzo es a menudo el final
y llegar al final es llegar al comienzo.
El final es ahí donde empezamos. Y cada frase
y oración correcta (donde cada palabra es familiar,
y ocupa su lugar para respaldar a las demás,
la palabra no es reticente ni ostentosa,
una transacción sencilla entre lo viejo y lo nuevo,
la palabra común, exacta, sin vulgaridad,
la palabra formal precisa, pero sin pedantería,
compañeras perfectas bailando al compás)
cada frase y cada oración son un final y un comienzo,
cada poema un epitafio. Y toda acción
un paso al cadalso, al fuego, hacia la garganta del mar
o hacia una piedra indescifrable: y allí es donde empezamos.
Morimos con los moribundos:
miren, ellos se marchan y vamos con ellos.
Nacemos con los muertos:
miren, ellos regresan y volvemos con ellos.
El momento de la rosa y el momento del tejo
duran lo mismo. Un pueblo sin historia
no es redimido por el tiempo, porque la historia es una muestra
de momentos atemporales. Entonces, mientras la luz se apaga
en una tarde de invierno, en una capilla apartada
la historia es ahora e Inglaterra.

Con la atracción de este Amor y la voz de este Llamado.

No dejaremos de explorar
y el fin de todas nuestras búsquedas
será llegar a donde comenzamos
y reconocer el lugar por primera vez.
A través de la puerta desconocida y recordada
cuando lo último que quede por descubrir de la tierra
sea eso que fue el comienzo;
en el nacimiento del río más largo
la voz de la cascada oculta
y los niños en el manzano.
No conocida, porque no la buscamos
pero oída apenas en la quietud
entre dos olas de mar.
De prisa, aquí, ahora, siempre—
una condición de absoluta sencillez
(que cuesta nada menos que todo)
Y todo estará bien y
todas las cosas saldrán bien
cuando las lenguas de la llama se unan
al centro de fuego coronado
y el fuego y la rosa sean uno.

T. S. Eliot
(St. Louis, Missouri, 1888–Londres, 1965)
Versión de Silvia Camerotto



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