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domingo, 1 de febrero de 2015

A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España. / Pablo Neruda





A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España

LLEGASTE a mí directamente del Levante. Me traías,
pastor de cabras, tu inocencia arrugada,
la escolástica de viejas páginas, un olor
a Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado
sobre los montes, y en tu máscara
la aspereza cereal de la avena segada
y una miel que medía la tierra con tus ojos.


También el ruiseñor en tu boca traías.
Un ruiseñor manchado de naranjas, un hilo
de incorruptible canto, de fuerza deshojada.
Ay, muchacho, en la luz sobrevino la pólvora
y tú, con ruiseñor y con fusil, andando
bajo la luna y bajo el sol de la batalla.


Ya sabes, hijo mío, cuánto no pude hacer, ya sabes
que para mí, de toda la poesía, tú eras el fuego
azul.
Hoy sobre la tierra pongo mi rostro y te escucho,
te escucho, sangre, música, panal agonizante.


No he visto deslumbradora raza como la tuya,
ni raíces tan duras, ni manos de soldado,
ni he visto nada vivo como tu corazón
quemándose en la púrpura de mi propia bandera.


Joven eterno, vives, comunero de antaño,
inundado por gérmenes de trigo y primavera,
arrugado y oscuro como el metal innato,
esperando el minuto que eleve tu armadura.


No estoy solo desde que has muerto. Estoy con los que
te buscan.
Estoy con los que un día llegarán a vengarte.
Tú reconocerás mis pasos entre aquellos
que se despeñarán sobre el pecho de España
aplastando a Caín para que nos devuelva
los rostros enterrados.


Que sepan los que te mataron que pagarán con sangre.
Que sepan los que te dieron tormento que me verán
un día.
Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre
en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos
de perra, silenciosos cómplices del verdugo,
que no será borrado tu martirio, y tu muerte
caerá sobre toda su luna de cobardes.
Y a los que te negaron en su laurel podrido,
en tierra americana, el espacio que cubres
con tu fluvial corona de rayo desangrado,
déjame darles yo el desdeñoso olvido
porque a mí me quisieron mutilar con tu ausencia.


Miguel, lejos de la prisión de Osuna, lejos
de la crueldad, Mao Tse-tung dirige
tu poesía despedazada en el combate
hacia nuestra victoria.
Y Praga rumorosa
construyendo la dulce colmena que cantaste,
Hungría verde limpia sus graneros
y baila junto al río que despertó del sueño.
Y de Varsovia sube la sirena desnuda
que edifica mostrando su cristalina espada.


Y más allá la tierra se agiganta,
la tierra
que visitó tu canto, y el acero
que defendió tu patria están seguros,
acrecentados sobre la firmeza
de Stalin y sus hijos.
Ya se acerca
la luz a tu morada.
Miguel de España, estrella
de tierras arrasadas, no te olvido, hijo mío,
no te olvido, hijo mío!
Pero aprendí la vida
con tu muerte: mis ojos se velaron apenas,
y encontré en mí no el llanto,
sino las armas
inexorables!
Espéralas! Espérame!


Pablo Neruda


***

domingo, 23 de noviembre de 2014

Vegetaciones / Pablo Neruda





Vegetaciones


A LAS TIERRAS sin nombres y sin números
bajaba el viento desde otros dominios,
traía la lluvia hilos celestes,
y el dios de los altares impregnados
devolvía las flores y las vidas.
En la fertilidad crecía el tiempo.
El jacarandá elevaba espuma
hecha de resplandores transmarinos, la araucaria de lanzas erizadas
era la magnitud contra la nieve, el primordial árbol caoba desde su copa destilaba sangre, y al Sur de
los alerces, el árbol trueno, el árbol rojo,
el árbol de la espina, el árbol madre, el ceibo bermellón, el árbol caucho, eran volumen terrenal,
sonido,
eran territoriales existencias.
Un nuevo aroma propagado llenaba, por los intersticios de la tierra, las respiraciones
convertidas en humo y fragancia:
el tabaco silvestre alzaba
su rosal de aire imaginario.
Como una lanza terminada en fuego
apareció el maíz, y su estatura
se desgranó y nació de nuevo, diseminó su harina, tuvo
muertos bajo sus raíces, y, luego, en su cuna, miró crecer los dioses vegetales.
Arruga y extensión, diseminaba
la semilla del viento
sobre las plumas de la cordillera, espesa luz de germen y pezones,
aurora ciega amamantada por los ungüentos terrenales
de la implacable latitud lluviosa,
de las cerradas noches manantiales, de las cisternas matutinas. Y aún en las llanuras como láminas del
planeta,
bajo un fresco pueblo de estrellas, rey de la hierba, el ombú detenía el aire libre, el vuelo rumoroso y
montaba la pampa sujetándola con su ramal de riendas y raíces.
América arboleda,
zarza salvaje entre los mares, de polo a polo balanceabas, tesoro verde, tu espesura.
Germinaba la noche en ciudades de cáscaras sagradas, en sonoras maderas, extensas hojas que
cubrían
la piedra germinal, los nacimientos. Útero verde, americana
sabana seminal, bodega espesa, una rama nació como una isla, una hoja fue forma de la espada, una
flor fue relámpago y medusa, un racimo redondeó su resumen, una raíz descendió a las tinieblas.


Pablo Neruda  (Canto General)



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