domingo, 12 de mayo de 2013

Miguel Sánchez-Ostiz / Isla Negra… y volver, volver…






No vuelvas, ve, vete, a otra parte, cambia de ruta, aunque sigas en la misma… Hace diez años por estas fechas andaba por Valparaíso y un día fui en autobus a Isla Negra. Era un día de borrasca, con el mar bravo, agua y mucho viento. “Tengo que ir”, me había dicho desde que me regalaron por Navidad (¿1970?),Una casa en la arena, el libro de Neruda con fotografías de Sergio Larrain, un fotógrafo que me entusiasma. Un sueño cumplido.  No puedo decir que no sintiera ninguna emoción: por Neruda y sus poemas, por sus cosas, por el amor maniático a estas en el que me reconocía entonces y luego solo  a ratos. Regresé en otra ocasión y las dos veces sentí lo que siente el peregrino literario: valía la pena el viaje, pero el santuario, entre el negocio malencarado y la barraca de feria, decepcionaba. Te tienen que gustar mucho Neruda y los cachivaches (los suyos y los tuyos) para dejarte llevar por el arrobo místico. Y las cosas, las cosas, su peso, se va a adelgazando con el tiempo y no hay culto que las pueda mantener vivas. Antes de tomar el bus de regreso,  estuve mucho tiempo, lo tenía, en la playa, sentado en una roca, mirando el mar y pensando en lo que piensa todo el mundo. Entre los poemas de Neruda y las fotografías de Larrain, y aquel mar enbravecido y sus cantos rodados en concierto de truenos habían pasado treinta años, más de treinta años. Un chaparrón  me hizo regresar a los alrededores de la casa y buscar refugio en un chiringuito.  Me arrepiento de no haber comprado un barco metido en una botella para añadir a mi colección, pero me dio flojera. Y por lo que respecta a los mascarones. Mascarones de proa de Neruda, de Céline y de Baroja… Una vez estuve a punto de comprar un mascarón de proa en Las Pulgas de Paris y me arrepentí a tiempo. No sé si volveré a vivir la encrucijada de Isla Negra. Ahora mismo la estoy viviendo en el papel, que no otra cosa es escribir de lo vivido.

Miguel Sánchez-Ostiz

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