viernes, 21 de diciembre de 2012

LOS LIBROS, CELEBRACIÓN DE LA PALABRA LABRA LA PALABRA DE JULIO VÉLEZ Jesús Fernández Palacios




(María Blanchard)


LOS LIBROS,  CELEBRACIÓN DE LA PALABRA LABRA LA PALABRA DE JULIO VÉLEZ

Jesús Fernández Palacios


Mi añorado amigo el poeta Julio Vélez dejó escrito lo siguiente: “Los libros me hicieron un mundo al que he intentado que éste se pareciera”. Algo que comparto plenamente. Por eso repito siempre que no sé que hubiera sido mi vida sin ellos, como digo algunas noches cuando estoy solo y me siento bolero, o cuando me aburro o soy curiosillo, que a veces todo sucede en una misma infelicidad. Y lo mejor es que obtengo respuesta, claro que sí. Entre nosotros hay entendimiento y un toma y daca que nos va de maravilla, y del que creo salir ganando. Esa es mi sensación cuando los acaricio y los huelo, cuando miro al trasluz su esqueleto vegetal que se remonta en el tiempo hasta un paisaje distinto. Esa es mi impresión no más verlos dócilmente alineados en las paredes de la casa. Son la casa, tendría que decir, pues están en todas partes, en los lugares más propios donde los puse con razón para poder contemplarlos y hojearlos cada vez que los necesito. Y cuánto los necesito, lo digo a boca llena. Es mi mejor elogio reconocer que sin ellos mi vida hubiera sido peor y más insoportable. Desde luego es un tanto misteriosa mi relación con esos caprichos geométricos que la cultura venera como uno de sus más ilustres emblemas. Tal vez porque se le conceden ciertos atributos mágicos, que lo convierten a uno en ferviente subyugado. No es exageración pues ese es mi estado a veces, de subyugación incontenible, como un estado de gracia que me deja atrapado desde la alfa a la omega. Como el que busca un tesoro y el tesoro fuera la propia búsqueda. Esa es la gracia, que la meta sea el recorrido o el premio la lectura. Cada vuelta de hoja no es un día de menos sino un día de más, de mayor riqueza y fortaleza, de menor soledad y vacío. De ahí mi gratitud y mi entrega, la dedicación que les dispenso como un destino. Por eso no entiendo que se pueda prescindir de ellos, ignorarlos y arrinconarlos, o lo que es más ridículo aún, tratar de simularlos en los anaqueles con volúmenes de madera de distintos tamaños y colores según convenga a los tonos de la pared o del sofá. ¡Cuánto desatino¡ ¡Y qué necios los que se engañan de esa manera¡ Como si se pudiera disimular la ignorancia y otras carencias, como si no fuera fatídico renunciar a un bien tan preciado, que justamente está en la esencia y no en la apariencia. Pues es ahí, en su esencia, donde buscamos la sabiduría y ejercitamos nuestra inteligencia, ahí donde volcamos nuestras preguntas y encontramos muchas respuestas, ahí donde aprendemos a conocernos y a conocer a los demás, ese factor tan decisivo para la convivencia y la tolerancia, tan necesarias como difíciles. No diré como Swedenborg, que todos los que en el mundo han adquirido inteligencia y sabiduría son recibidos en el Cielo y se convierten en ángeles. No me atrevo a suscribirlo, aunque me parezca una bendita afirmación. Pero sí diré, porque creo en ello, que la inteligencia y la sabiduría engrandece nuestro espíritu y amplían el horizonte de lo humano. Así se entenderá mejor la pasión de mi elogio, que no es fruto de ninguna conjetura, ni el exceso de una exaltación pasajera, sino la cariñosa reflexión de quien ha experimentado en su propia conciencia los beneficios de una continuada y feliz dependencia. Me estoy refiriendo, claro está, a los libros. 





(Francisco Toledo)


Los libros, los grandes libros escritos por grandes autores, que pueden llegar a cambiarnos la vida. Como le  sucedió al poeta alemán Heinrich Heine, cuando leyendo de niño El Quijote terminó trastornado y enardecido por la novela hasta el punto de rebelarse entre sollozos contra la muerte del ingenioso hidalgo. Y como le sucedió a Jorge Luis Borges de adolescente cuando descubrió a Dostoievski. O a Federico García Lorca al conocer la poesía de Antonio Machado, hasta el punto de proclamar que se dejaría toda su alma en aquellos poemas. O, asimismo,  le ocurrió  al propio Machado cuando descubrió a Rubén Darío y lo recitaba a voz en grito por el parque madrileño del Retiro. O la experiencia del sevillano Luis Cernuda mientras leía de niño a Pérez Galdós, escribiendo muchos años después que sólo le interesaba la España novelesca de Don Benito, no la real donde regenteaba “la canalla”. Y, por qué no,  la conmoción que yo mismo sentí al  descubrir la poesía de César Vallejo, experiencia inolvidable que también compartí en su momento con Julio Vélez, que fue uno de los que más me inocularon la pasión y devoción por su figura humana imprescindible y por su obra literaria trascendental.  Algo que siempre le agradeceré. Juntos homenajeamos al gran poeta peruano en Santander, Madrid y Cádiz, en fulgurantes jornadas que compartimos con muchos otros vallejianos como Claudio Rodríguez, José Hierro, Félix Grande o el gran hispanista norteamericano Anthony Leo Geist (nuestro amigo Tony).
Conocí a Julio Vélez hace cuarenta años y me encontré con él muchas veces en distintos lugares de España, incluido su entrañable Morón de la Frontera. Conservo como oro en paño sus libros dedicados, leídos y releídos, así como sus cartas cariñosas y llenas de proyectos y proclamas a favor de la libertad y en contra de las injusticias. He aprendido mucho de sus ensayos vallejianos y literarios en general, y me consta por diversos testimonios de sus propios alumnos en la Universidad de Salamanca que fue un profesor extraordinario. Julio Vélez (Morón de la Frontera, Sevilla 1946 / Daz, Francia 1992) fue un hombre comprometido y solidario, que pasó por el marxismo-leninismo y terminó siendo un humanista radical antidogmático. Nómada, apasionado del flamenco, hombre de teatro, poeta, ensayista, articulista, incluso novelista, conferenciante, editor, promotor de la cultura andaluza, perseguido y reprimido antifranquista, hombre de talento, universitario con vocación de docente, vallejiano hasta los huesos, académico, Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Marcos de Lima, Hijo Adoptivo de Santiago de Chuco (cuna de César Vallejo), hombre enamorado (María, Alicia, Muriel), padre entrañable de dos hijos (Julio y Alejandro), andaluz divertido e ingenioso, amigo de sus amigos, Julio el inolvidable.




(Picasso)


LA PALABRA LABRA LA PALABRA, su antología poética que hoy presentamos, contiene unos treinta y tantos poemas pertenecientes a sus distintos libros, algunos de ellos acabados y publicados en vida, y otros inéditos e incluso inacabados. Como todo poeta de verdad, Julio Vélez consiguió tener una antología de calidad. Él mismo desechó con buen criterio su obra primeriza que, vehemente como era, terminó quemando o tirando al rio. Sabía mucho de poesía y de literatura porque fue un gran estudioso de los maestros de la poesía española e hispanoamericana, sobre los que enseñó y escribió extensamente y con gran provecho para sus lectores, entre los que gratamente siempre me he contado.
 El profesor Anthony Leo Geist, buen conocedor de la obra poética de Julio Vélez como demuestra en su enjundioso prólogo, ha realizado una acertada selección de 35 poemas de extensión variable, que van desde los dos versos (el más breve) a un poema de su libro Laocoonte, titulado DOS, que tiene cerca de doscientos versos. En esta antología hay textos escritos desde 1967 hasta el mes de abril de 1992, apenas unos meses antes de su trágica muerte acaecida el 24 de diciembre de dicho año. Julio vivió apenas 46 años, poco tiempo para un hombre enamorado de la vida, que supo dejarnos un gran testimonio de hombre cabal, apasionado y riguroso, y el hermoso legado de su poesía, que un grupo de amigos en diversos rincones del mundo (su Andalucía natal, la Salamanca de sus queridos discípulos, Madrid en el centro, Seattle en Estados Unidos y el Perú vallejiano), con sus hijos y resto de la familia a la cabeza, seguimos defendiendo y divulgando veinte años después de su partida. Julio levantó en vida oleadas de afectos, simpatías y complicidades, y veinte años después de su muerte sigue acaparando esos mismos dones. Por algo fue, por algo es, por algo será. Julio Vélez sigue vivo en la memoria y en el corazón de mucha gente. Y por eso estamos aquí, en la presentación de su flamante antología poética y en la acogedora librería La Clandestina de Cádiz, para rendirle una vez más nuestro afecto emocionado y nuestra admiración como intelectual y poeta.

                                                 Cádiz, 18 de octubre de 2012



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