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lunes, 16 de diciembre de 2013

Rafael Alberti / Nocturno

   



NOCTURNO

Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre
se escucha que transita solamente la rabia,
que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
y en las médulas arde continua la venganza,
las palabras entonces no sirven: son palabras.
Balas. Balas.

Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas.
¡qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!
Balas. Balas.

Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta
cuando desde el abismo de su idioma quisiera
gritar lo que no puede por imposible, y calla.
Balas. Balas.

Siento esta noche heridas de muerte las palabras.


Rafael Alberti, nació un 16 de diciembre de 1902, hace 111 años y murió el 28 de octubre de 1999.


***

lunes, 28 de enero de 2013

Rafael Alberti






La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo


Tú,
 tú que bajas a las cloacas donde las flores más flores son ya unos tristes salivazos sin sueños
y mueres por las alcantarillas que desembocan a las verbenas desiertas
para resucitar al filo de una piedra mordida por un hongo estancado,
 dime por qué las lluvias pudren las hojas y las maderas.
 Aclárame esta duda que tengo sobre los paisajes.
 Despiértame.
 Hace ya 100.000 siglos que pienso en que tú eres más tú cuando te acuerdas del barro
y una teja aturdida se deshace contra tus pies para predecir otra muerte.
 El espanto que suben esos ojos deformados por las aguas que envenenan al ciervo fugitivo
es la única razón que expone mi esqueleto para pulverizarse junto al tuyo.
 Una luz corrompida te ayudará a sentir los más bellos excrementos del mundo.
 Periódicos estampados de manos que perdieron su nitidez en el aceite desgarran hoy el viento
y los charcos de grasa solicitan tus ojos desde los asfaltos reblandecidos.
 Aceras espolvoreadas de azufre claman por el alivio de una huella
para que se agrieten de envidia esos vidrios helados que se abandonan a los terrenos intransitables.
 Emplearé todo el resto de mi vida en contemplar el suelo seriamente
ahora que ya nos importan cada vez menos las hadas,
 ahora que ya las luces más complacientes estrangulan de un golpe las primeras sonrisas de los niños
y exaltan a puntapiés el arrullo de las palomas
y abofetean al árbol que se cree imprescindible para el embellecimiento de un idilio o una finca.
 Mira siempre hacia abajo.
 Nada se te ha perdido en el cielo.
 El último ruiseñor es el muelle mohoso de un sofá muerto.
 Desde los pantanos,
¿quién no te ve ascender sobre un fijo oleaje de escorias,
 contra un viso de tablones pelados y boñigas de toros,
 hacia un sueño fecal de golondrina?


Rafael Alberti


***